miércoles, 8 de febrero de 2012

KRASNY BOR 3ª PARTE

La batalla segun el capitan Palacios

Este relato comienza el 9 de febrero de 1943, en Rusia, a las ocho de la tarde y a tres metros bajo tierra. Unos golpes muy fuertes sonaron en la puerta de mi bunker.
- ¿Da usted su permiso, mi capitán?
- Adelante.
Entró un enlace. Al abrir la puerta penetró una ráfaga de aire helado.
- ¡Cierra, cierra o nos congelamos!.
KV1 El tanque mas potente ruso contra la infanteria
Fuera, la temperatura no subía de veinte grados bajo cero, mientras que la del bunker, con su estufa encendida, estaba bien caldeada. El enlace venía calzado con la calentísima walensky rusa, bota alta de fieltro en lugar de cuero; llevaba el pasamontañas ceñido a la cabeza, dejando apenas sitio a los ojos, boca y nariz, y el camuflaje blanco, medio sábana medio gabardina, con su caucha perlada de hielo, le cubría de la cabeza a los pies. Me extendió un sobre azul y rogó le firmara el “recibí”.
Dentro del sobre azul venía otro, con la palabra “secreto” escrita a grandes rasgos, y dentro de este último, un parte del comandante de mi batallón, que decía virtualmente así:
“El Servicio de Información me dice que en la madrugada de mañana el enemigo efectuará un ataque en el sector defendido por este batallón, con unos efectivos de una división en primera línea y dos de reserva. Ruégole tome las medidas oportunas y me informe por todos los medios de comunicación de que dispone, teléfono, radio y soldadograma, de las incidencias del combate. En todo caso espero que su compañía sabrá cumplir con su deber. Firmado: José Payeras Alcina, comandante del segundo batallón. Regimiento 262”.
Despaché al enlace y mandé venir a todos los oficiales de mi compañía: teniente Molero y alféreces Castillo, Santandréu y Céspedes.
-Mañana vamos a tener toros- les dije.
El bunker era un pozo cavado en tierra, de unos tres metros de profundidad, dos y medio de ancho y otros tantos aproximadamente de largo. El techo estaba formado por cuatro pisos de troncos de pino. En realidad eran varios techos superpuestos. En el inferior los troncos se extendían apretados a lo ancho del bunker, en el siguiente los troncos se apoyaban a lo largo, y así sucesivamente. Sobre todos ellos, medio metro de hielo daba consistencia y protegía la simplísima construcción.
T 34 La otra bestia que intervino en la batalla
Las paredes del bunker estaban forradas de madera, con mucho postín, para cerrar paso a las raíces.... y adecentarlo a la vista. En el suelo no había más que las literas, donde dormíamos Castillo y yo; un armario de pino, dos mesas, dos sillas y unas palanganas. En las mesas, el, papeles, , la radio –por la que oíamos San Sebastián, Sevilla y Radio Coruña- mapas, papeles, alguna fotografía...., todo el mundillo en fin, de cosas menudas entrañables que nos unía al mundo que habíamos dejado atrás. Este hilo tan leve quedaría roto pocas horas después. Cada mañana, desde que ocupamos aquella posición, había que sacar el agua que se había infiltrado por el suelo pantanoso. A veces la altura del agua rozaba el borde de las literas. En las paredes quedaba la marca de al humedad como un zócalo más oscuro. Esto daba un cierto matiz gracioso a la decoración. Por último, la estufa, nuestra gran aliada. La salida de humos de todos los bunkers (pues la compañía entera, en grupos de a quince o veinte, dormía en ellos) la había organizado, dirigiéndolos por medio de chimeneas subterráneas que salían treinta metros atrás del verdadero emplazamiento para evitar su localización. Los rusos nos saludaban cada mañana regalándonos buenos morterazos de desayuno, a los que correspondíamos nosotros con igual cortesía. Los suyos iban dirigidos a las columnas de humo que veían salir bajo tierra. Lo más que conseguía era destrozar la boca de la chimenea, pero nunca llegó su regalo al interior de nuestras guaridas. Quiero decir que nunca había llegado.... hasta aquel día.
Los oficiales Céspedes, Santandréu y Molero no tardaron en presentarse en mi puesto de mando. Les impuse de las noticias recibidas, las órdenes por cursar y la medidas por disponer. No quise que s ijera nada a los soldados de lo que iba a ocurrir, para evitar que el pensamiento de la próxima batalla les impidiera dormir y no estuvieran en forma cuando llegara la hora de actuar. Todos los días, durante los largos meses que allí estuvimos inmovilizados, los oficiales se reunían con sus secciones y daban a la tropa clases teóricas sobre temas militares. Aquella tarde las clases versaron sobre medios de defensa en caso de ataque por fuerzas numéricamente supriores. Se redoblaron los servicios de vigilancia, ordené limpiar una trinchera medio inservible y mandé a los muchachos a dormir. A dormir..., lo que para muchos sería su último sueño.

Nuestra posición al sur de Kolpino, a un solo centenar de kilómetros de Leningrado, estaba situada en los arrabales, como quien dice, de una aldehuela en poder de nuestro Ejército: Krasny Boor. Era aquélla una llanura inmensa de hielo, sin ondulaciones ni montañas que quebraran el horizonte. Tan solo unas manchas de pinos o abetos rompían a trozos la monotonía del paisaje. Entre los pinos, las clásicas isbas rusas o casitas rurales, muy aisladas entre sí para evitar los riesgos de incendio. Constan de una sola habitación-comedor, donde duerme en el suelo toda la familia, y una cocina con estufa, donde se reúnen por las tardes. Carecen de servicios higiénicos y agua corriente. Las funciones fisiológicas se realizan en la cuadra entre los animales, engordando así el estiércol. Digo, que esto era antes, en la paz, pues ahora estaban vacías. Aunque teníamos cuatro o cinco isbas entremezcladas con los bunkers de la compañía, ni siquiera nosotros la utilizábamos, pues eran un blanco demasiado inocente para el enemigo.
800 bocas de artilleria contra la division
Aquella noche –del 9 al 10 de febrero de 1943, última noche de mi libertad- recorrí toda la posición. Antes de hacerlo me guardé una bomba de mano en el bolsillo por si surgían sorpresas en el paseo nocturno. En mi sector, el frente era continuo. Quiero decir que estaba marcado por una trinchera real, abierta a lo largo de centenares de kilómetros sin solución de continuidad. A mi batallón –el número 2 del regimiento 262- le correspondía un frente de cinco kilómetros distribuido entre tres compañías. A mi derecha estaba situada al que mandaba el capitán. Huidobro (muerto en esta operación) y a mi izquierda la que mandaba el capitán Iglesias (muerto en esta operación). Detrás de mí, y a unos 500 metros, el comandante de mi batallón, don José Payeras Alcina (muerto en esta operación), tenía establecido su puesto de mando. A la extrema izquierda de mi compañía estaba la sección que mandaba, a mis órdenes, el alférez Santandréu (muerto en esta operación); en el centro, la que mandaba el alférez Céspedes (muerto en esta operación) y a la extrema derecha la que mandaba el alférez Castillo, que horas después hubiera preferido morir como todos sus compañeros. Esta última sección era, desde un punto de vista de organización de la defensa, la más delicada, pues flanqueaba la línea de ferrocarril Moscú-Leningrado, objetivo de extraordinario valor para los atacantes, no sólo por ser lo que era, sino por estar elevada sobre el nivel del suelo unos seis metros, dominando la totalidad de m compañía. La del Capitán Huidobro y la mía enlazaban precisamente en esta línea de ferrocarril. Para evitar que los enemigos alcanzaran este objetivo establecí mi puesto de mando en la sección del alférez Castillo. Informé de ello al comandante y solicité se me enviaran granadas de mano y minas contracarros. El comandante, a su vez, las solicitó del regimiento, y a lo largo de la noche me fue llegando cuanto había pedido. De un lado, las granadas, anunciándome que en otro envío llegarían los detonadores. De otro lado cien minas contracarros, aunque sin fulminantes, pues éstos vendrían aparte. Sin embargo, ni fulminantes ni detonadores, por impedirlo seguramente el principio de la batalla, llegaron a mi poder. Tuve, pues, que limitarme a mis propios medios en minas y granadas.
Llegó la madrugada y tuve hambre. Sorbí el jugo de un limón y me guardé varis más en el bolsillo. Ya han pasado años desde entonces y aun pasarán los de mi vida entera sin que pueda borrarse de mi memoria, mientras viva aquel amanecer. El silencio –una vez concluidos los primeros preparativos- era total. La vida toda del campamento estaba paralizada. Los soldados, ignorantes de cuanto iba a ocurrir, dormían. Solo el frío esta a presente, como un testigo corpóreo, vivo. Humedecer los labios con la lengua equivalía a sentir el hielo apretándose, quebrándose contra la piel. Y empezó a clarear. Los amaneceres son largos en Rusia, como si a la luz le costra trabajo empujar a la noche, pero aquél parecía más largo que ninguno. Primero se dibujaron, como manchas borrosas de tinta, los pinos a nuestra espalda y el terraplén del ferrocarril a la derecha. Más tarde el pozo de la trinchera, culebreando en la nieve, y delante de ella, a 25 metros, las alambradas con los escuchas cuerpo a tierra, confundidos con el suelo por su camuflaje blanco. Todo estaba quieto. La quietud era la acción agazapada: el tigre inmóvil listo para saltar. ¡Y saltó!
A las siete comenzó la preparación artillera. Doscientas baterías –800 piezas de artillería- sobre un sector de 10 kilómetros machacaron la posición como lo harían 800 martillos sobre una mesa cuajada de avellanas. A las siete y diez la trinchera había desaparecido, el puesto de mando volado; el teléfono que me unía al comandante, cortado. El ruido era tan ensordecedor que en medio de aquel estruendo el estallido de una bomba de mano no sonaba más fuerte que el chasquido que produce quebrar una nuez. Era un sonido continuo, sin lugar a separar un estampido de otro. La luz de las explosiones era cegadora. Pero, aunque no lo fuera, la vista no alcanzaba a cinco palmos: era tal el espesor de la niebla formada por el hielo triturado, la tierra pulverizada, los pinos ardiendo y las armas rotas. El olor a pólvora se agarraba como difteria a la garganta y hacía insoportable la respiración. Los soldados habían aprendido bien la lección de la víspera, y, deshechos los bunkers y hundida la trinchera, se pegaban a la tierra en los propios cráteres abiertos por los obuses, esperando el momento de saltar.

Varias brigadas de esquiadores siberianos
Hora y media después el enemigo alargó el tiro, para permitir a sus tropas lanzarse sobre nosotros. Sin pérdida de tiempo ordené emplazar las armas automáticas, y no ya en los dispositivos de densa, totalmente destruidos, sino a la boca de los embudos abiertos en la tierra. De los huecos, como topos, empezaron a salir los muchachos. A uno de ellos le vi de espaldas dando tumbos de un lado a otro. Pensé que estaba borracho y, como no me gusta el valor “Domecq”, le agarré por los hombros dispuesto a castigarle. Al volverle comprendí mi error. Tenía la cara brutalmente desfigurada por la onda explosiva de n proyectil y los ojos –ciegos- llenos de sangre.
-A evacuarte...- le ordené. ¡De prisa!
-No, mi capitán, Que si no veo, palpo todavía....
Y enarbolaba un machete en la mano.
- ¡Bravo muchacho!- le dije. ¡Bravo!
Y lo mandé evacuar, no sin que protestara y hasta intentara desobedecerme. Pensé arrestarle por su desobediencia y pedir un premio para su arrojo. Se llama Lorenzo Araujo.
Una compañía enemiga se lanzó entonces al asalto en sentido diagonal frente a nosotros dirigiéndose hacia la línea de ferrocarril, que quedaba a mi derecha. Yo tenía instrucciones de lanzar un cohete rojo cuando precisara el apoyo de nuestra artillería. Debía lanzarlo precisamente en la dirección en que necesitara el refuerzo artillero. Pude hacerlo en esta ocasión y, sin embargo, no lo hice. En primer lugar, por no distraer nuestras escasísimas piezas, y en segundo término por tener la esperanza de poder machacar, por mí mismo, esta primera oleada de atacantes. Y, en efecto, el alférez castillo, que defendía esta sección, dio buena cuenta de la compañía enemiga, dejando aniquilada entre el punto de salida y la línea de ferrocarril. Por medio de Alonso Orozco-Miranda, en misión de enlace- que en nuestro vocabulario particular llamábamos “soldadograma”- yo había enviado al comandante el siguiente parte: “la compañía bien, aunque muy castigada. En este momento (8,30) el enemigo se dirige hacia la vía, pretendiendo envolver, probablemente, mi tercera sección, en la que yo, accidentalmente, he establecido mi puesto de mando. ¡Viva siempre España! Salúdale el capitán Palacios”.
Castillo Montoto, con valor singular y excepcionales dotes de mando, rechazó un segundo ataque de flanco contra la tercera sección y la línea de ferrocarril, obligando de nuevo al enemigo a replegarse. No ocurría lo mismo en todos los puntos de mi compañía. Los alféreces Santandréu y Céspedes se vieron rebasados por su izquierda, ya que la compañía que mandaba el bravo capitán Iglesias, al morir éste en los primeros minutos, fue desbordada, y el enemigo penetró en tromba por aquella brecha. A verse envueltos estos dos oficiales intentaron replegarse para hacer frente a la nueva situación y sucumbieron con sus secciones, quedando reducida mi compañía a la tercera sección y a mi Plana Mayor.
El sargento Ángel Salamanca, de la sección segunda, cayó de pronto sobre mí.
- ¿ Por qué has abandonado tu posición? – le pregunté.
Titubeó.
- ¡Estoy solo!- me dijo patéticamente.
- ¡Recupérala!
Y lo hizo.
Le vi salir lanzando bombas de mano a diestro y siniestro. Más tarde me envió un mensaje angustioso........
- Envíeme gente y podré resistir.
Entonces, sólo entonces, le ordené replegarse.
Y tomó parte conmigo en la última batalla. Fue herido en los ojos, como Araujo, y al no servir, por esta causa, como sargento para mandar tropa, siguió luchando como cargador de fusiles ametralladores. Era todo un hombre.
Envié un nuevo parte al comandante: “ Un fuerte contingente enemigo ha penetrado por el flanco izquierdo y me efectúa un cerco a larga distancia, fuera del alcance de mis armas. La primera y la segunda sección se han replegado. Continúo defendiendo la posición con mi Plana Mauro y la tercera sección. Mis bajas son numerosas. La única ametralladora de que disponía, destruida por la artillería. ¡Viva siempre España!- Palacios”.

En aquel momento, de la quinta compañía a mi mando quedaban en combate no más de treinta hombres; una parte, la más numerosa, se mantenía con un fusil ametrallador defendiendo el frente y el flanco de la línea de ferrocarril. Mi Plana Mayor, con un fusil ametrallador y varias pistolas ametralladoras, se trasladó a taponar la brecha del flanco izquierdo, situándonos en una trinchera perpendicular con la ya destruida, que no había sido utilizada desde hacía meses y que por verdadera inspiración mandé limpiar durante la noche, pues estaba cegada por la nieve. Esta segunda trinchera nunca creímos que sirviera para nada, pues, como queda dicho, no era paralela, sino transversal con la línea del frente. Ahora, en cambio que l frente había sido roto y que la infiltración se producía de flanco, daba la cara a la nueva invasión. O creo que en ella hubiéramos podido resistir si la línea de ferrocarril, defendida por el capitán Hidobreo, no hubiera sido tomada por su flanco derecho. Al igual que la de Iglesias, esta compañía fue arrollada al morir su heroico capitán.
- Lo suponía- dije cuando me informaron-, porque si viviera, los rojos no hubieran tomado por su flanco la línea del ferrocarril.
Nada pudo contra la voluntad española
Ante esta gravísima situación, dominados completamente por el enemigo establecido en la vía, di orden a todos los pelotones de resistir hasta morir.
A las once menos cuarto el enemigo lanzó sobre nosotros, por segunda vez, la artillería. Apenas se hizo el silencio, la aviación roja hizo acto de presencia y nos dio una pasada. Utilizando la frase de otro capitán algo más viejo que yo, pues luchó en Flandes en mil quinientos y pico, diré que “la tierra temblaba....como enjuagadientes en la boca”.
Entonces el enemigo reanudó el ataque. Los muertos y los heridos, entre nosotros, eran veinte veces más numerosos que los aptos para luchar. Se veía tan cerca de los atacantes que una buena pedrada podría alcanzarles. Estaban pegados a tierra, esperando el momento para saltar. Desde al altura del terraplén del ferrocarril barrían con automáticas nuestra posición. El comandante no llegó a recibir mi último parte: “La situación, desesperada. Completamente sitiados desde las 10:30, combato en todas direcciones. El enemigo me domina desde la vía y me inmoviliza. Imposible replegarse combatiendo, por carecer de armas automáticas y tener que transportar numerosos heridos. En caso que usted ordene mi repliegue, ruégole proteja mi retirada. En todo caso espero sus órdenes y continúo defendiendo la posición. Como siempre, ¡Viva España!- Palacios”.
Once años después supe que el comandante Payeras había muerto heroicamente, por heridas recibidas aquel día. Rodeados por todas partes, el cerco se fue ciñendo, apretándose en anillo sobre nosotros. Las instrucciones recibidas, como ya he dicho, habían sido las de alcanzar cohetes rojos a lo largo del combate, señalando las direcciones de ataque el enemigo, con el fin de que nuestra artillería le castigara de acuerdo con el código de señales acordado. A aquella hora, por primera vez, los utilicé y los lancé al norte, al sur, al este y al oeste. Pero nuestra infatigable artillería no existía ya. El cerco se ciñó tanto que la infantería enemiga no podía ya disparar sobre nosotros ni siquiera con armas cortas, pues corría el riesgo de causar bajas por encima nuestro a los suyos propios. Por esta cusa. Las últimas horas de combate se desarrollaron en un impresionante silencio.
-No nos quedan municiones- me dijeron.
-Preparad bolas de nieve. Sirven de piedras.
Durante todo el combate apenas tuve tiempo de atender a los heridos. Ya en esta fase di orden que los alojaran en un bunker, el único que no había sido deshecho. Era tan grande el silencio que, en esta espera angustiosa, sólo oíamos a nuestra espalda los ayes y los lamentos de los heridos del bunker. Decidí hacerles una visita y pede al alférez Castillo que me acompañara. El cuadro era tal queme duele hasta recordarlo. Algunos agonizaban. A los que habían muerto se les cubría con un saco en espera de trasladarles a mejor lugar. No llevábamos tres minutos con ellos cuando me reclamaron a gritos. Subí a la superficie y me encontré a los rojos ya encima. Castillo disparó sobre ellos el último cargador de su pistola automática y les hizo varias bajas. En oleadas, y sin disparar, pues se hubieran herido a sí mismos, cayeron físicamente sobre nosotros. Entre la capa de polvo, nieve, sudor y sangre se adivinaban los rasgos de los vencedores. Unos eran nórdicos y se diferenciaban poco de los alemanes. Otros –pómulos salientes, ojos oblicuos.- eran mongoles. Uno de los atacantes, herido en el vientre, se desplomó allí mismo ante nosotros. Un suboficial ruso le preguntó si podría levantarse, y, al contestar éste que no, le remató de un disparo en la nuca. El muerto y el matador eran compañeros de armas.
-¡Dawai!....¡pallejali!- que quiere decir: ¡Adelante!, ¡de prisa!.
La estepa se abría ante nosotros, desnuda y helada.
-¡Dawai! ¡Dawai!
La noche, a nuestra espalda, cayó como un cerrojo sobre Asia, la “cárcel infinita”.
así concluye el testimonio del capitan palacios