viernes, 3 de febrero de 2012

EL BLOCAO DE LA MUERTE

EL BLOCAO DE LA MUERTE

DAR HAMED -

Eran aquellos días angustiosos de septiembre de 1921, del asedio de la Plaza de Melilla por Harka enemiga potente… El cañón rifeño desde el Gurugú, una y otra vez tronaba. Se acumulaban Unidades peninsulares, materiales y municiones para iniciar las operaciones de reconquista, acusando el enemigo el inminente avance hacia Nador

El Mando, ansioso de vengar la ofensa recibida y dar cristiana sepultura a los cuerpos de nuestros soldados, que aún yacían insepultos calcinados por el ardoroso sol africano, había ordenado que una importante columna militar al mando del General Sanjurjo y cuya vanguardia estaría formada por las Fuerzas Regulares y el Tercio de Extranjeros, partiese de Melilla adentrándose en tierras del Protectorado, para dar así inicio a la acción de Reconquista del territorio perdido en la desgraciada campaña del mes de Julio de ese mismo año 1921.

Protegían la línea avanzada de la Zona de Melilla, una serie de posiciones defensivas denominadas “BLOCAOS”, guarnecidas por un pelotón o una sección, según su importancia y completamente aislados en lo que respecta al terreno, comunicándose entre ellos a través del heliógrafo y de noche, mediante las señales luminosas transmitidas por unas linternas o lámparas de campaña modelo “magín”. La obra de fábrica de estos blocaos, como es lógico y dadas las circunstancias, no podía ser mas rudimentaria: unos cuantos sacos terreros, protegidos por alambradas de un metro o metro y medio de altura y en ocasiones algún modesto blindaje con materiales propios del terreno, como troncos, ramas, etc. Como frágil techumbre o cubierta, figuraba una lámina ondulada de cinc, a la cual los soldados se encargaban de eliminar a las pocas horas de su colocación, dadas las altísimas temperaturas que la citada lámina, al recalentarse en las horas centrales del día debido a los ardientes rayos del sol africano, proyectaba al interior del reducido habitáculo. Uno de estos blocaos era el de “Dar Hamed”, al que sus eventuales huéspedes denominaban “El Malo”, toda vez que las condiciones de vida en su interior no debían ser muy confortables. Situado sobre una ladera del monte Gurugú, su situación estratégica era de vital importancia para la defensa de Melilla, así como para dar protección y seguridad al avance de la columna “Sanjurjo”, pues garantizaba el paso por la carretera de Nador, cubriendo el frente del barranco de Sidi-Musa.

El día 13 se dio la orden urgentísima a la Brigada Disciplinaria de Melilla de preparar pequeñas Unidades que habían de salir para relevar las guarniciones y cubrir los destacamentos de tres blocaos. En el Cuartel del Hipódromo se alojaban los restos del célebre Cuerpo de Disciplina, los escasos supervivientes de la fábrica de harina de Nador, los valientes que tras la dura prueba de los diez días de sitio de aquella casa industrial la suerte les tenía reservada: La terrible desventura del blocao famoso.

Al mando del joven Teniente granadino Don José Fernández Ferrer, salieron en la madrugada del 14 para relevar a un Pelotón de Legionarios que guarnecía el blocao de Dar Hamed, los valientes Disciplinarios: Suboficial, Don Aquilino Cadarso; Cabo, Sergio Vergara, y diecisiete soldados de segunda, entre los que fue preciso elegir de destinos del Cuerpo, únicos que quedaban de esa Brigada heroica.

Desde la mañana, bien temprano, rompió el fuego el enemigo, que, potente y bien armado, eran dueños de las alturas y cerros que en anfiteatro circundan el emplazamiento donde estaba el blocao. Con fuego cruzado, intenso y mortífero, hacían dificilísimo, casi imposible, el acercarse al puesto que había que relevar. Todo el día duró el intento, y hasta las seis de la tarde no se logró hacer el relevo, y éste, hombre a hombre, arrastrándose por el terreno, rodando por los barrancos, entrando un Disciplinario y saliendo del blocao un Legionario en la misma forma, desperdigados, a la carrera y con riesgo evidente y serio.

Cerrada la noche, a oscuras, en aquel estrecho recinto de muerte y desolación, sin haber probado bocado, bebiendo agua sólo a tientas cuando se tropezaba con las cubas, los valientes Disciplinarios del Teniente Fernández Ferrer no tuvieron tiempo más que para acudir a las aspilleras, y en un fuego continuo, que hacía imposible manejar los fusiles, caldeados por el incesante disparar, contestó con fe patriótica y bríos de marcial entereza al fuego intenso, pertinaz y seguro de la numerosa Harka que asediaba el pequeño puesto.

Voces de chacales, alaridos salvajes de fieras rifeñas acompañaban a los rudos ataques, que, sucesivos y bien dirigidos, daban los cabileños al blocao.

Con dos piezas de artillería emplazadas en las alturas próximas, cañoneaban los moros el destacamento, cayendo al poco herido el valeroso Teniente Ferrer por un proyectil de cañón, quemándole la espalda, que le hizo caer en tierra al sufrir también lesiones graves en la cadera por cascotes y peñascos derribados por los cañonazos. Igualmente fueron heridos a primera hora el Cabo Vergara, en la cara, y el soldado José Prat. Duró el fuego toda la noche, contestándose a él con valerosa entereza por los fusiles de los defensores, a los que animaba con sus frases y exhortaciones el heroico Teniente herido, en el suelo, sobre unos sacos, medio curado con un paquete de los de cura individual, pidiendo continuamente agua, que a tientas había que buscar entre el ruido ensordecedor de las repetidas y múltiples descargas y sin más luz que la siniestra e instantánea de los fogonazos de los defensores.

Al terminar aquella noche tétrica, próximo al amanecer, decreció el fuego enemigo. Con la llegada del día se retiraban los cabileños, pues sabían que con la luz natural llegarían auxilios a aquellos leones a los que no habían podido rendir en más de doce horas de apretado asedio.

Aplacado el fuego, bien entrado el día, salieron voluntarios seis Disciplinarios para arreglar exteriormente los desperfectos que tenía el blocao entre éste y las alambradas. El Teniente Fernández Ferrer envió a un soldado a la Segunda Caseta, solicitando refuerzos por teléfono desde esta última posición, haciendo saber la angustiosa situación en que se hallaba la guarnición.

Cerca de las tres de la tarde del día 15 volvió el enemigo a bombardear el blocao, contestando el destacamento con el fuego de sus fusiles, batiendo a los servidores de las piezas con visibles blancos, rompiendo los moros un nutrido fuego de fusil, muy bien dirigido por retaguardia y flancos desde distintos puestos, parapetados en las barrancadas y montones de piedras.

Mientras tanto…, el Teniente de Infantería Don Eduardo Agulla Jiménez-Coronado, que manda las Fuerzas del Tercio de Extranjeros destacadas en el Atalayón, quiere ir en ayuda de los defensores del blocao, y el Mando no le autoriza. Sus hombres son necesarios para la defensa de su propia posición y solamente le permiten destacar en auxilio de aquel un grupo de Legionarios al mando de un Cabo. Forma a su Tropa y comunica su decisión. Todos a una se presentan voluntarios y quieren ser los elegidos. El Teniente escoge a los que cree más decididos. La situación es desesperada, todos lo saben. Las posibilidades de triunfo son escasas. La empresa, antes de iniciarse, tiene en sí la consecuencia cierta de una tragedia. El Teniente Agulla designa al Legionario de Primera Suceso Terreros López, que ya desempeñaba el cometido de Cabo, como Jefe del grupo de los quince Legionarios que han sido elegidos, más que para cumplir con una misión, para cumplir con un rito glorioso y noble: el de la muerte.

Sobre las seis y treinta a siete de la tarde llegaron a las proximidades del blocao de Dar Hamed el Cabo interino Suceso Terreros López y quince Legionarios de segunda, todos ellos pertenecientes a la 1ª Compañía de la Primera Bandera. Se encuentran el blocao rodeado por el enemigo. Se abren paso y, al llegar a las alambradas, dos de ellos caen heridos y son recogidos inmediatamente.

Apenas anochecía, los moros arreciaron en sus acometidas, dando muestras de tenacidad en sus propósitos de apoderarse de la posición. Para contestar al fuego, los Legionarios tuvieron que ponerse en las aspilleras, a medida que iban entrando, sin tiempo siquiera para conocerse, pues a oscuras, y en el espacio reducido de aquel interior cuadrangular, ni oían, entre las detonaciones continuas, los “ayes” y lamentos de los heridos y moribundos y las voces e imprecaciones de los tiradores, a los que animaba y daba ejemplo el Suboficial Don Aquilino Cadarso con gran entereza.

Cerrada la noche, arrecia la intensidad del fuego. Los moros avanzan un cañón, bombardeando con certeros disparos a la guarnición. Sobre las nueve de la noche el Teniente Fernández Ferrer recibe un nuevo balazo que le privó de la vida, continuando con el mando el valiente Suboficial Cadarso, que herido en la cara muy grave seguía dirigiendo el fuego y animando a los diezmados defensores con un ejemplo de heroísmo innegable hasta que, aproximadamente a las once de la noche, un certero cañonazo derribó un ángulo del blocao, cayéndole encima sacos terreros, piedras y escombros en gran cantidad causándole la muerte.

Quedó como Jefe del destacamento el Cabo Vergara, que herido desde la tarde anterior de cuatro balazos se sostuvo hasta poco más de las doce, hora en que recibió un quinto balazo, derribándole en tierra sin vida. Los restos de aquella Fuerza heroica siguieron resistiendo sin desmayos, al mando del Cabo interino Suceso Terreros López, dispuestos a morir matando y vitoreando a España, al Rey y a La Legión, a la vez que contestaban al fuego del enemigo, los que podían hacerlo, rechazando los repetidos ataques de que eran objeto por los cuatro frentes.

A las dos de la mañana del 16 se habían agotado las municiones, así como la dotación personal que tenían los correajes, todos colgados desde el día anterior de estaquillas y palos puestos entre los sacos terreros, haciendo fuego sólo cinco o seis hombres útiles con los cartuchos desperdigados que encontraban a mano. Los defensores eran cadáveres o heridos que, sin poderse valer, estaban en tierra dando quejidos y lamentos, viéndose morir sin auxilios posibles, ensombreciendo aquel trágico cuadro de muerte y de horror, donde se sacrificaban por España un puñado de españoles. Terreros encomendó al Legionario Miralles Borrás y al Disciplinario Mediel Casanova –conocedores del terreno- que por distintos lugares salieran al exterior, con objeto de alcanzar la Segunda Caseta y dar cuenta de la apuradísima situación en que se encontraban los pocos supervivientes.

Una hora después, algo más de las tres de la madrugada, ya el blocao no hacía fuego. Ya no era tal blocao; era un montón de escombros y cadáveres demolidos a cañonazos; entonces los rifeños se acercaron a las alambradas, derribándolas. Los indefensos heridos –que lo estaban de gravedad-, haciendo esfuerzos sobrehumanos, vendieron cara su vida, siendo rematados por los asaltantes con sus gumías.

A las cuatro y treinta de la mañana, extenuado y herido, llegó a la Segunda Caseta el Legionario Ernesto Miralles Borrás, y media hora más tarde se presentaba el Disciplinario Marcelino Mediel Casanova.

El Sargento Don Ruperto Valle Donaire, que acompañado de dos Legionarios, se acercó al lugar donde estaba instalado el blocao, pudo ver y comprobar que se encontraba completamente destruido, y entre sus escombros los cadáveres de quince Legionarios.

Desde entonces, el blocao de Dar Hamed, de sobrenombre “El Malo”, se llamaría el “De La Muerte

Gesta sublime de unos hombres que han escrito en el Libro de Oro de La Legión una página gloriosa, para que sea leída con la veneración que se le debe al héroe, y para que el constante recuerdo de todos sirva de Ejemplo y de Norma.

La Legión entera demostraría en cientos de hechos de Armas ser dignos sucesores de aquellos dieciséis Legionarios que acudieron a la muerte con la sencillez de los que solo esperaban un premio: “La Gloria”.



Manuel Maqueda