miércoles, 4 de julio de 2012

ACOMA: LA CIUDAD DE LAS NUBES

ACOMA: LA CIUDAD DE LAS NUBES



Soldados españoles se encontraban formados frente a los norteamericanos. Los hombres del Batallón de Infantería Ligera Tarragona nº4 procedieron a arriar la bandera roja y gualda de España que había sustituido desde 1793 la blanca de aspas rojas. Seguidamente, dos soldados norteamericanos izaron la bandera de las barras y estrellas. Militares españoles y sus familias embarcarían aquel día rumbo a Cuba. Así terminaba lo que empezó un 2 de Abril de 1.513 cuando Ponce de León piso tierra de América del Norte, una tierra a la que llamó Florida. Antes de que la Florida Española se entregara a la nueva nación americana, Nueva Suecia, Nueva Francia, Nueva Holanda y Nueva Inglaterra habían desaparecido de la costa atlántica americana. Aquel 10 de Julio de 1.821 se entregaba el Castillo de San Marcos, en Florida, sin que nunca hubiera podido ser tomado por la fuerza de las armas. Sobre América del Norte ondeó más años la bandera de España de lo que dura la historia de los EE.UU. Aún hoy en el Castillo de San Marcos en San Agustín,
Florida, EE.UU, puede verse flamear nuestra bandera blanca de aspas rojas. Entre aquel 2 de Abril de 1.513 y aquel 10 de Julio de 1.810 pasaron tantas cosas...

Acoma, la ciudad de las nubes, se encuentra en Nuevo México, en el suroeste de los actuales EE.UU. El 4 de Agosto de 1.598 un español de nombre Zaldivar con 30 hombres contemplaba la alucinante ciudad de las nubes. Su posición, se decía, la hacía inconquistable. Elevada sobre una enorme roca, protegida por sus precipicios y rodeada por un valle de varios kilómetros había sido edificada por los indios queres.

Zaldívar no era el primer español que llegaba a Acoma. Fue recibido cordialmente por los indios que lo invitaron a subir a la ciudad. Zaldívar acepta la invitación pero deja a 14 de sus hombres a los píes de la roca. El resto subirá a la ciudad de las nubes. Los españoles se dispersan agasajados por los pobladores de la ciudad que, amigablemente, se la enseñan. Y, entonces, cuando Zaldívar y sus hombres ya no están juntos
el Jefe de la Tribu lanza un terrible grito de guerra y los indios se lanzan contra los españoles.

A pesar de la sorpresa cada español, aunque aislado de sus compañeros, se defiende férreamente. Muchos caen muertos hasta que un pequeño grupo de 5 hombres consigue reunirse pero sin poder llegar al sendero de bajada. Ya sin pólvora, usando los mosquetes como mazas, heridos y acribillados a flechas cierran un círculo a su alrededor cada vez más pequeño. No había otra salida que saltar por el precipicio.

Lo hacen. En el salto, contra toda lógica, sólo uno de ellos muere. Los otros cuatro, heridos, se salvan. Junto
con sus compañeros que habían quedado bajo la roca se dividieron en tres grupos para dar aviso a las distintas posiciones españolas en la zona. Aquel hecho podía significar el alzamiento de 30.000 indios contra la presencia española en Nuevo México. Juan de Oñate se encontraba al mando de la ciudad de San
Gabriel, la más cercana a Acoma. Hasta allí llegaron los soldados supervivientes de la encerrona india. Oñate supo enseguida que debía responder a los indios o se encontraría con una rebelión en todo el Nuevo México español. Sólo contaba con 200 españoles y la ventaja de los caballos. En frente 30.000 indios pueblo.
Acoma, una fortaleza inexpugnable, contaba con cerca de 500 guerreros pueblo, queres y navajos. Para llegar a la ciudad había que subir por un sendero imposible, estrecho y complicado. Pero la elección era sencilla para los españoles o se castigaba y tomaba Acoma o el Nuevo México español desaparecía.

Oñate convoca Junta de Guerra. Se dispone a liderar la operación pero el sargento Mayor Vicente Zaldívar, hermano del jefe de los asesinados en Acoma, exige dirigir la acción.
Zaldívar sale hacia Acoma con 70 hombres, todos viejos soldados españoles, que saben que van a vencer o a morir.
La expedición se pone en marcha. Sobre uno de los caballos un pequeño cañón: un pedrero. Cuando los españoles llegan a la roca, los indios queres ya les esperan. En las lindes de los precipicios de la roca los guerreros, con el cuerpo pintado de negro, lanzan extraños aullidos, gritan e insultan a los españoles. Los indios se saben fuertes en su roca. Pero nada asustaba a aquellos viejos soldados españoles herederos de mil años de combates.
Zaldívar envía un mensajero a la ciudad. Insta a los indios a rendirse y entregar a los asesinos de su hermano y del resto de españoles. Caso contario asaltará la ciudad. Los indios no se rinden. Aquellos soldados españoles pertenecían a la estirpe de los hombres que en los últimos siglos habían cambiado la historia del mundo. Zaldívar decidió: la ciudad inconquistable de Acoma, la ciudad de las nubes, debía ser tomada. Zaldívar planea el asalto. Doce hombres son encargados de hacer llegar tan alto como sea posible el pedrero. El metal engrasado para que no hiciese ruido, fuertemente armados, los rostros ennegrecidos, lentamente, los 12 españoles inician la escalada de la roca procurando no ser vistos, ni oídos. Zaldívar, desde otro punto, al amanecer lleva a cabo un ataque de distracción. Los doce escaladores habían alcanzado lo más alto de un risco pero éste se hallaba separado por un ancho y profundo tajo del núcleo de la ciudad. Cargan el cañón y abren fuego varias veces contra las casas indias. Con los españoles manteniendo el fuego contra la ciudad transcurre el día. Los indios empezaban a entender que la defensa de Acoma no sería fácil. En la noche siguiente se organiza a los soldados para que suban al risco varios troncos de árboles. El objetivo es construir un puente pasa salvar el tajo que les separa de la ciudad.
En la madrugada todo está preparado. Los españoles se concentran en el risco salvo un grupo que queda guardando los caballos. Inician el asalto cruzando el inestable puente.
Son acribillados a flechazos pero consiguen entrar en la ciudad. Sin embargo una cuerda se corta y el puente cae. Un grupo de españoles en la ciudad queda aislado de sus compañeros que no han tenido tiempo de cruzar. El grupo aislado es duramente atacado. Se defienden con dureza. Los españoles desde el otro lado no pueden abrir fuego por no herir a sus compañeros. Hay que reponer el puente como sea. Será Gaspar Pérez de Villagrá quien salte el tajo que separa ambos grupos de españoles, consiga alcanzar la cuerda del puente y vuelva a elevarlo.
Todos los españoles entran en la ciudad. En una desproporción de 10 contra uno comienzan a abrirse paso entre un enjambre de guerreros indios con sus picas, dagas y espadas. Palmo a palmo la ciudad se va tomando. Los indios acaban refugiándose en sus casas. Hay un parón en la lucha y Zaldívar vuelve a exigir que le entreguen a los culpables y la ciudad jure lealtad al Rey de España. No hay respuesta.



Zaldívar tomará la ciudad casa por casa. Al fin, los indios aceptaron la rendición. Acoma había sufrido un castigo terrible. Pronto, entre todos los indios pueblo, corrió la voz de que los españoles habían tomado la ciudad inexpugnable de las nubes. Ante Oñate los indios pueblo se presentaron en señal de sumisión en la ciudad de San Gabriel. Así supo Oñate de la victoria de Zaldívar que llegaría poco después a la ciudad. 70 españoles contra 500 guerreros indios habían tomado la ciudad inexpugnable de Acoma y salvado la presencia de España en Nuevo México.