sábado, 3 de marzo de 2012

CASCORRO

El Cascorro artillero

Hace casi dos años, en la tarde del 17 de junio de 1997, rendimos nuestro homenaje a Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro, ante el monumento elevado por el pueblo de Madrid a su heroico paisano, en la plaza que lleva el nombre del lugar de la acción. En un acto presidido conjuntamente por el alcalde y el gobernador militar de la capital de España, conmemoramos el centenario del fallecimiento del popular héroe madrileño en el Hospital Militar de Matanzas, el 18 de junio de 1897, víctima de una enfermedad tropical, siete meses y dieciocho días después del hecho que le dio justa fama.
Su famosa hazaña fue recompensada y recordada como se merecía y todos la conocemos. Tal vez contribuyó a su gran difusión el hecho de que tuviera lugar cuando, bajo el mando del General Weyler, se estaba ganando la guerra, la moral nacional estaba en alza y los medios de comunicación se hacían intérpretes del entusiasmo colectivo, propio de las situaciones favorables. Y así recuerdan al héroe y su hazaña, Chapinería (Madrid), San Bartolomé de Pinares (Ávila) y sobre todo Madrid, con la calle de Eloy Gonzalo, la plaza de Cascorro y el monumento a Eloy Gonzalo en la plaza de Cascorro. En cambio, prácticamente nadie conoce el hecho heroico que podríamos equiparar a la gloriosa acción de Eloy Gonzalo en Cascorro y que tuvo lugar un año, nueve meses y dos días después. Prácticamente nadie conoce lo que podríamos llamar el Cascorro artillero ni a sus protagonistas, a quienes podríamos llamar los Eloy Gonzalo artilleros: Pedro Gavira, Modesto Campallo, Antonio León y Juan Nepomuceno Moría. Y ello tal vez porque el hecho ocurrió en momentos desgraciados, la víspera del hundimiento de la flota del Almirante Cerve- ra, cuando los medios de comunicación habían pasado a estar dominados por el pesimismo y la desmoralización, iniciados con el brillante y perjudicial artículo «Sin pulso», que inició aquella negativa literatura del 98. 0 tal vez por la consiguiente ráfaga de negativismo, que tan nefasto es siempre, que llegó a que en las Cortes se criticara, como excesivo, el número de recompensas militares, sin pensar que las demostraciones extraordinarias de heroísmo, abnegación, iniciativa y sacrificio fueron muchas más, hasta el punto de hacerlas normales. Y tal vez, junto al sobrehumano heroísmo y sacrificio de los infantes de El Caney y La Loma de San Juan, tan extraordinaria hazaña pasó como un hecho normal de aquella situación de heroísmo generalizado.
Los artilleros de la Comandancia General de Santiago de Cuba fueron en general merecedores de una gratitud nacional y un reconocimiento que no tuvieron, con notoria injusticia, sin duda por la razón expuesta, que hizo que los políticos y Ja prensa, salvo honrosas excepciones, quisieran olvidar todo lo de Cuba y Filipinas, tan pronto como fueron entregadas a Estados Unidos y repatriadas las guarniciones. La fase de exigencia de responsabilidades empezó a dejar bastante mal a la mayoría de los políticos, especialmente a Sagasta y a su partido liberal, cuyos Gobiernos fueron responsables de toda una serie de medidas que jalonaron el camino del «Desastre»: el «Presupuesto de la Paz», la destitución del General Weyler de la Capitanía General de Cuba, la decisión de emplear la Escuadra pese a los informes del mando naval y, por último, la orden de salir la Escuadra de Santiago de Cuba, verdadero regalo de una victoria a los norteamericanos, que tras las enormes pérdidas sufridas en tierra, estaban ya tratando de un repliegue a la cabeza de playa y ya estaban
viendo que su prensa, que había provocado aquella guerra, empezaba a cambiar el tono, oponiéndose a la misma, a la que se empezaba a calificar de «loca aventura».
Una de estas actuaciones, o mejor dicho, falta de actuación, fue el estado de abandono en que estaban las defensas artilleras de Santiago de Cuba y su litoral. En la época del General Weyler, se habían renovado las defensas de La Habana y otros puertos. Asimismo, una comisión mixta dc Estado Mayor, Artillería e Ingenieros hizo un estudio de aquella costa, con una propuesta de fortiticación, tanto de Santiago de Cuba como de los demás puntos sensibles de la misma. Dicha propuesta, como escribió Gómez Núñez, pareció después una profecía, pues en los puntos cuya fortificación se proponía fue precisamente donde después tuvieron lugar cl desembarco norteamericano y los combates posteriores.
La Escuadra norteamericana, con la enorme potencia de fuego de las múltiples y modernas piezas que montaba, no pudo efectuar el desembarco en la bahía de La Habana, cuyas potentes defensas artilleras la mantuvieron alejada. ni en Cárdenas ni en Cienfuegos, por la misma razón, y los escasos efectivos que desembarcaron en Mariel tuvieron que reembarcar ante un eficaz contraataque. Tampoco pudo forzar la entrada al puerto de Santiago de Cuba, pero ello se debió a que, con una labor sobrehumana, en que fue admirable la conjunción de alta preparación técnica, trabajo sin descanso y elevada moral, durante todo el mes de mayo y los primeros días de junio, se estableció un eficaz sistema artillero, montando en puntos elevados que dominaban en profundidad la entrada a la bahía, los cañones de los barcos que se encontraban en aquel puerto en la fecha de la declaración de guerra, pues en ese momento sus defensas se reducían a anticuados cañones de hierro e incluso cañones de bronce del siglo xviíí. Esta meteórica instalación de tan eficaz sistema de defensa costera bastaría para inmortalizar el nombre de los Coroneles Diaz Ordóñez y Caula, jefes de Artillería e Ingenieros respectivamente de la Comandancia General de Santiago de Cuba.
El día 1 de julio tuvo lugar la batalla de El Caney, en relación con la cual el ex-presidente dominicano Juan Bosch ha escrito: «Después de El Caney, es arriesgado poner ejemplos de heroísmo.» Ese mismo día empezó la batalla de la Loma de San Juan, en la que los norteamericanos atacaron con una proporción de fuerzas de Infantería que llegó a ser de 30 contra 1. En Artillería, la proporción llegó a ser de 12 piezas contra 2. Claro que hay que reconocer que las unidades españolas tenían una instrucción y adiestramiento muy superiores y un armamento terrestre también muy superior, tanto en Infantería como en Artillería. Los fusiles Mauser, empleados en tiro por descargas, produjeron un enorme número de bajas a los norteamericanos, que todavía llevaban los fusiles Rémington, ya desechados en España. Y nuestra munición de Artillería, con pólvora sin humo, era muy superior a la norteamericana, de pólvora con humo, que delataba la situación de sus piezas.
Sobre las seis de la mañana, una batería norteamericana rompió el fuego contra el fuerte de San Juan y, para contrarrestar su efecto, el General Linares, Comandante General de Santiago de Cuba, ordenó al Coronel Díaz Ordóñez que empleara la sección de tiro rápido en apoyo a la posición de la Loma de San Juan. Esta sección estaba constituida por el Capitán don Patricio de Antonio, el Segundo Teniente don José Fernández y 50 artilleros, con dos piezas Krupp de 75 milímetros de tiro rápido, que eran de lo más avanzado de la Artillería de campaña de la época. Entre las siete y las ocho, quedó establecida en posición la sección y rompió el fuego sobre la batería norteamericana, que tenía la ventaja de no recibir el sol de frente y estar medio oculta por la manigua. Se dio un descanso para el almuerzo y los cañones norteamericanos suspendieron también su fuego. A las once, nuestras piezas cambiaron de posición y reanudaron el tiro. A los 30 ó 35 disparos, la batería norteamericana dejó de contestar y sus sirvientes se ocultaron en la espesura, dejando solas las piezas. Inmediatamente hizo fuego nuestra sección sobre un globo cautivo que había elevado el enemigo, consiguiendo alcanzarlo al cuarto disparo, con lo que se incendió y cayó entre los árboles, descubriendo la situación de sus tropas que avanzaban por aquella parte y empezaban a aparecer en los linderos del bosque, frente a la posición de San Juan, a distancias entre los 600 y ‘700 metros. Grupos de 15 a 20 enemigos salían de vez en cuando al claro y retrocedían al recibir el fuego, terminando por abandonar su intento, pero se desplazaron hacia su derecha y buscaron resguardo en unas casas cercanas, desde las cuales rompieron un nutrido fuego contra las compañías de Infantería ligeramente atrincheradas.
Una pieza de la sección de Artillería dirigió entonces su tiro sobre esa nueva posición del enemigo, consiguiendo apagar su fuego, en tanto Ja otra disparaba sobre los sirvientes de la batería, haciéndoles volver a dejar solos los cañones. Hubo una hora, de doce a una, que pareció que el enemigo cejaba en su empeñado combate, pues no se oía fuego hacia El Caney ni contra San Juan y se recibió parte telegráfico del General Vara de Rey de haberlo rechazado, causándole numerosas bajas y calculando las suyas en setenta. Esta tregua obedeció sin duda a que los norteamericanos, ante tal resistencia, concentraron más fuerzas contra San Juan, para aplastar con el número la tenacidad de sus defensores. A la una, reanudaron el ataque a El Caney y a San Juan, con fuego de fusilería, cañones y ametralladoras.
El General Linares, ante la crítica situación de los defensores de San Juan, ordenó a la Caballería que efectuara un rápido contraataque, para apoyar su repliegue y salvar la Artillería. La orden se ejecutó con pleno éxito y los norteamericanos, que avanzaban sobre las posiciones de San Juan, se vieron obligados a retroceder.
El enemigo, convencido de que no podía tomar de frente la loma, intentó envolverla y cortar la retirada a sus defensores, apoyando su maniobra con un tntenso fuego artillero. La lucha por la posición se trabó con el mayor denuedo y su guarnición consiguió impedir su envolvimiento, pero a costa de un elevado número de bajas, del que da idea el hecho de que las dos compañías del Regimiento Talavera, que al empezar tenían 150 hombres cada una, quedaron con 30 y 50. El General Linares fue gravemente herido, cayendo también heridos muchos jefes y oficiales, entre ellos el coronel Díaz Ordóñez.
Las municiones de Artillería se estaban agotando, quedando sólo los botes de metralla, de poca eficacia a distancia, y algunas granadas ordinarias, pues ya se habían consumido todas las de metralla, que eran las de mayor efecto. Comprendiendo el Capitán De Antonio que no podían llegar más municiones a la sección, por estar interceptado el camino, ordenó al Teniente Fernández que cargase el material y se replegase hasta encontrarlas, mientras él, con el artillero Juan Peinado y 40 voluntarios que quedaban del fuerte de San Juan, apoyaban el repliegue, tirando sobre los grupos que salían del bosque. Al acabarse los cartuchos, armaron la bayoneta para hacer frente a la acometida rodilla en tierra, pero al momento cayó herido el Capitán De Antonio y lo recogió Juan Peinado, que lo sacó a rastras hasta donde la sección estaba iniciando su movimiento hacia retaguardia. Al salir al camino despejado, fueron recibidos por un intenso fuego, del que resultó herido el Teniente Fernández, muertos dos artilleros y otro herido y desaparecido. El material de una pieza quedó en el camino, cargado sobre uno de los mulos muertos. Ocurrió en el mismo momento en que se iniciaba la carga de la guerrilla de Puerto Rico contra los norteamericanos, en un encuentro tan desigual que sólo se salvaron 8 ó lO, quedando muertos o heridos los demás.
Los atacantes ocuparon la posición cuando ya estaban muertos o heridos casi todos sus defensores, en un combate de 30 contra 1, después de ser reforzados con ametralladoras y dos nuevas baterías, alcanzando la proporción de 12 piezas de Artillería contra dos de nuestra sección, proporción que pasó de ser de 12 a 1 cuando quedó en el camino la citada. Llegaron a la loma cuando en ella no quedaba nadie con vida, pero no pudieron seguir. No les quedó aliento ni siquiera para apoderarse de la pieza que había caído en el camino. Gómez Núñez interrumpe su narración de esta batalla para escribir: «¡Loor mil veces a aquellas compañías de Infantería española que sucumbieron en masa! ¡Loor a los artilleros y a 40 voluntarios que quedaron en la loma! ¡Qué pocos podrán leer estas páginas!» Materialmente deshechas las fuerzas que defendían San Juan, y agotados los atacantes que habían ocupado la loma, era el momento de un contraataque. Tuvo entonces lugar otra de las hazañas increíbles de aquella batalla: el Capitán de Navío don Joaquín de Bustamante, Jefe de Estado Mayor de la Escuadra, lo efectuó con una Compañía de Infantería de Marina, que hizo desesperados esfuerzos para recuperar la posición, sin conseguirlo, pues era imposible con tan escasa fuerza contrarrestar la enorme superioridad del enemigo. Bustamante recibió una herida en el vientre de la que murió en el hospital. Durante el combate de San Juan, hubo un batallón norteamericano, el primero del Regimiento 71 de Nueva York, que, desmoralizado por el gran número de bajas y por lo certero de nuestro fuego, se desbandó y volvió la espalda en desorden sobre las tropas que le precedían, por lo que fueron sometidos a Consejo de Guerra el coronel, un teniente coronel y un mayor de dicho Regimiento. Adujeron que no se podía hacer frente a los fusiles Mauser con sus anticuados Rémington. También se declaró que, al llegar a la posición, las tropas, agobiadas por la fatiga y el calor, habían arrojado su equipo y provisiones quedándose sin útil para atrincherarse. Hay que tener en cuenta que su uniforme y equipo eran inadecuados para aquel clima, a diferencia del rayadillo español, fabricado especialmente para el mismo. También se encontraron con escasez de ambulancias y falta de material sanitario, cuya mayor parte había quedado a bordo o en la cabeza de playa, hasta el punto que muchos médicos tuvieron que llevar el material de cura en sus caballos y muchos heridos murieron en el campo de batalla sin asistencia. Hay que añadir el rigor del clima y la estación, que les produjeron un elevado número de enfermos, ya que no estaban aclimatados. Sus bajas fueron bastante mayores que las españolas, en valor absoluto, aunque en porcentaje mucho menor, dadas su enorme superioridad numérica.
La noche impuso una tregua y, con ella, hubo un descanso. El día 2, los norteamericanos reanudaron el fuego, sin salir de las trincheras abiertas por la noche. Los defensores de Santiago de Cuba, desde el recinto atrincherado, contestaron con un intenso fuego que impidió que los atacantes pudieran poner en posición sobre su línea sus cuatro baterías de campaña, lo que bajó aún más su moral, bastante deprimida, pese a su avance y su superioridad numenca. Ese día, cuatro artilleros de la sección del Capitán De Antonio avanzaron dos veces al descubierto por el camino que habían seguido en su repliegue, y recogieron el material de la pieza que el día antes había quedado en el campo. Fueron los ya citados Pedro Gavira, Modesto Campallo, Antonio León y Juan Nepomuceno Moría. Esta heroica acción, en que, como en la de Eloy Gonzalo en Cascorro se derrochó a la par valor e iniciativa hizo que aquella sección de dos piezas de tiro rápido recuperara el 50 por 100 de su potencia de fuego.
Como hemos dicho, las circunstancias en que ocurrió, en una situación de heroísmo generalizado, explican que el hecho fuera olvidado, pero no justifica tan injusto olvido. Tan extraordinaria hazaña merece el recuerdo perenne de todos los españoles, expresado en un monumento que los presente permanentemente como ejemplo. Ha pasado 1998 siíi que sus con¡nemorac¡ones los hayan tenido en cuenta. Pero siempre se está a tiempo de reparar una injusticia histórica y honrar a nuestros héroes como se debe, tal como está expresado en el artículo 16 de las Reales Ordenanzas.


Autor: Rodrigo Lastra- Fecha: 2006-01-27