domingo, 29 de enero de 2012

LAS NAVAS DE TOLOSA


EL PALENQUE ES NUESTRO
Las navas de tolosa

El último acto heroico de la tropa hispana en esta batalla es el asalto al Palenque, es decir, la tienda de Miramamolín, jefe militar y religioso de la tropa almohade, rodeado materialmente por un foso de cadenas unidas a las extremidades de esclavos negros armados (seguro que muchos recordáis el famoso cuadro del Rey Sancho de Navarra saltando por encima de las cadenas).
El asalto al palenque era algo peliagudo. La única forma de penetrar tamaña barrera era adelantar a un selecto grupo de infantería que abriera una brecha durante el tiempo suficiente como para que la caballería penetrase en el recinto.
Comienza el ataque de la infantería. El cansancio acumulado y las heridas no cuentan en aquellos aguerridos soldados hispanos: saben lo que le espera a sus gentes, a su patria y a su fe si esos fanáticos almohades no son derrotados, y por ello, presintiendo la cercana victoria, aprietan los dientes y el pelotón designado avanza con valor hacia el palenque. Saben que es una misión casi suicida, pero han jurado ante el Obispo de Toledo y ante su Rey no regresar derrotados: ¡EL PALENQUE SERÁ ABIERTO O MORIRÁN! El choque es bestial, durante unos segundos los angustiados camaradas de la reserva no aciertan a saber lo que pasa, ante la nube de polvo levantada. Transcurrido un breve tiempo muchos creen ver un espejismo: ¡ese pequeño pelotón de escogidos, esa minúscula representación de infantes españoles, ha logrado abrir la brecha deseada! Los gritos de ánimo, sin embargo se ahogan con espanto; los arqueros almohades empiezan a exigir su cuenta de esos indefensos hombres. Uno detrás de otro, esos bravos guerreros caen impunemente ante los certeros dardos almohades.
Y es en este momento cuando el valor hispano brilla de esa forma que alumbrará al mundo, cuando la conciencia de que es España y la Cristiandad lo que se juega, el derecho de sus hijos y nietos a seguir llamando ESPAÑA a esa bella tierra que pisan, es en este momento cuando la tropa de reserva se lanza a la carrera a sustituir a sus difuntos camaradas, todo por mantener la brecha abierta. ¡no, la sangre de mis hermanos de armas no será inútil, TODOS A MANTENER LA BRECHA! ¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA!
El último de los infantes supervivientes del grupo de asalto inicial, con tres flechas insertas en su pecho, emplea sus últimas fuerzas en mantener abiertas las cadenas, en sus últimos estertores ve, con una sonrisa en su boca, como otras manos españoles se juntan a las suyas a sujetar esas cadenas. Muere sabiendo que su sacrificio ha servido para que los demás camaradas no dudasen.
 Las flechas almohades no paran de caer cual lluvia maldita. El infante que llega a la carrera a sujetar la brecha cae en pocos segundos; pero a poco es sustituido por dos o tres españoles, que vienen a toda carrera, a sabiendas que la apertura de esa brecha es... ESPAÑA. Podemos imaginar los gritos de esos bravos a los agonizantes que les precedieron: ¡no temas, compañero, yo sujeto esta cadena, y otros vienen detrás mía, ve con DIos!
 Un heraldo castellano, apenas un niño de diez años, galopa briosamente hacia la reserva de caballería, y sin apenas fuerzas, cae de caballo y grita a los oficiales de caballería: ¡el palenque... está abierto... acudid por Dios, muchos españoles están muriendo.. ACUDID!
 Los caballeros se miran entre sí, de repente toman nota de que muchos de esos desgraciados infantes lo han dado todo por esa brecha: agarran sus monturas, levantan sus espadas, y esperan con impaciencia la señal del Rey. este no tarda en llegar, con el refuerzo de caballeros navarros: ¡tomad el palenque, otros nos han abierto el camino, entrad y acabad la labor, y luego perseguirles, hasta que vuestras fuerzas se agoten que no quede ni un invasor que pueda amenazar nuestra España! ¡SANTIAGO Y A POR ELLOS!
El rey Sancho salta las cadenas
Los infantes que se amontonan en la brecha del palenque oyen venir en la lejania el tronar de la caballería aproximándose; junto a los montones apilados de camaradas muertos por las flechas, se animan mutuamente: ¡animo, señores, ánimo, que viene el Rey y sus caballeros! Los segundos pasan, se hacen eternos, máxime cuando las flechas siguen penetrando en sus carnes, algunos con heridas que saben mortales. ES entonces cuando, oyen un sonido cotidiano y vulgar, pero que a ellos les evoca algo divino, son los primeros caballos que pasan a su lado, algunos hasta les pisotean: ¡la caballería esta dentro, EL PALENQUE ES NUESTRO!





Manuel Maqueda