jueves, 26 de enero de 2012

JULIAN FORTEA Y SELVI

UN SUPER HÉROE ESPAÑOL

En estos días atrás en el prestigioso foro memoriablau, he leído una historia que no conocía, y debido al valor que encierra esta historia, la verdad es que me he pillado un enorme cabreo con mis profesores de historia del bachillerato.
La historia es impresionante, probablemente de las mas heroicas de las que yo haya tenido conocimiento y lo es sobre todo por las circunstancias y el entorno en las que se desarrollo.
 Como ya habréis supuesto el protagonista es un español, concretamente un exguardia civil, pero que como veremos, siguió portando los mejores valores del cuerpo a lo largo de su vida.
Es una historia que si no hubiese sido corroborada por sus propios enemigos, no nos la podríamos creer, ni que decir tiene que en su día le valió a nuestro personaje la laureada de San Fernando, y ni que decir tiene que a mi después de leerla se me queda corta la condecoración.
Bueno no os enredo mas y doy paso al narrador de la historia.

 El artículo se titula "Los héroes, esos desconocidos", y su autor es el Teniente D. José Román del Alamo Velasco

Don Julián Fortea Selví nació en Camarena (Teruel) el día 8 de Marzo de 1845. Su vocación militar le llevó a sentar plaza como voluntario en el regimiento de Borbón. Hizo la campaña del Norte en la que por méritos de guerra conquistó dos ascensos.
Más tarde, en estas islas, tomó parte en las operaciones de la Paragua y en 1882 entró en la Guardia Civil en donde prestó grandes y valiosos servicios, entre ellos la captura de una partida de malhechores que en septiembre de aquel año apresara un convoy en las cercanías de Manila. En esta ocasión luchó cuerpo a cuerpo con el cabecilla Raimundo Cecilio y con dos partidarios hiriendo al primero y desarmando personalmente a los tres.
En 1883 regresó a la Península, volviendo otra vez a Filipinas, cuando se manifestaron los primeros chispazos de la insurrección.
Fue nombrado entonces gobernador político-militar de las islas Batanes con residencia en Santo Domingo de Basco en donde se estableció con su esposa, cinco hijos de corta edad y dos sobrinas.
Fue allí, en aquellas pequeñas y apartadas islas donde la Providencia deparó que el nombre de España quedase para siempre esculpido en sus rocas por el heroísmo sereno y consciente de aquel español estoico.
En 1898 al declararse la guerra entre España y Estados Unidos, estas islas quedaron totalmente desguarnecidas e incomunicadas, Fortea no tenía fuerza alguna a sus órdenes. Previendo el peligro trató, sin embargo, de organizar una milicia indígena, auxiliado por los españoles don Rafael Romero, interventor de Hacienda, y el médico don Marcial Moreiras, pero bien pronto, al llegar las noticias del triunfo de la revolución filipina en el centro y norte de Luzón, los indígenas le abandonan. En un acto de valerosa serenidad, Fortea, seguido de sus dos auxiliares, intentan contener la iniciativa rebelde de los isleños arengándoles conciliadora y amistosamente, pero éstos, ya manifiestamente hostiles, hacen armas contra los españoles, hiriendo a Romero y haciéndole prisionero en unión de Moreiras.
 Fortea logra retirarse ileso a la casa-gobierno. Reúne en ella sus huestes, las más fantásticas y maravillosas huestes que haya mandado jamás capitán alguno: una mujer, cinco niños y dos niñas. ¡Brava guardia!. Fortea arma y arenga a sus soldados. Los más pequeños, cuyas débiles manos no pueden levantar el fusil, se encargan del reparto de las municiones, los mayores se ciñen bizarramente las cartucheras y aquella tropa formidable, animada por el aliento heroico que su capitán les comunica, se apresta a la defensa.

No se hace esperar la acción de los revolucionarios, quienes, no pudiendo sospechar que el indefenso gobernador trate de resistir, le intimidan varias veces a que se rinda, entregue las armas y la casa-gobierno. A estas intimaciones contestó Fortea, primero con razones negativas, después con el fuego de sus armas.
El bravo comandante no quiere rendirse. Los rebeldes, dueños de la población y alzados todos en armas, le ponen cerco y le atacan empezando el sitio más desigual y sin ejemplo que registra la larga historia de las guerras de España. Acometen los sitiadores con furor; contestan los sitiados con serena calma, al fuego con el fuego. Los pequeños combatientes apostados por Fortea en los sitios estratégicos de la casa, resguardados y atrincherados lo mejor posible se dirigen a sus tiros sobre los puntos que el jefe indica, cayendo muchas veces arrastrados por el retroceso de las armas.
Sugestionados por la calma heroica de su padre en quien fían ciegamente, los pobres niños se baten de entusiasmo. La lucha enardece a los sitiadores y en el estruendo de las descargas la casa tiembla envuelta en humo y el pavimento se cubre de astillas y del yeso de las paredes. Fortea atiende a todos los lados, se multiplica, anima tranquilo imperturbable, a los suyos y a los gritos e imprecaciones de los de fuera contesta con un silencio trágico.
La esposa del héroe no quiere dejarle solo, le sigue a todas partes, trata inútilmente de alejarle de los sitios de mayor peligro y mientras alienta valerosa a sus hijos contiene sus lágrimas pidiendo a Dios en rezo callado y fervoroso la salvación de todos.
Así transcurren las horas crueles, las horas eternas, durante varios días.

En una de las treguas, el enemigo, asombrado de tan tenaz defensa trata de explorar el interior de la casa-fuerte. Trepando por el alto ramaje de los arboles que frente a la casa se alzan, varios soldados atalayan las ventanas y el cuadro dramático que en el interior contemplan les espanta y emociona. Fortea en el centro de la habitación tiene a sus pies a toda su familia pidiéndole arrodillada que la salve y que se salve entregando el fuerte. La esposa le abraza sollozando; le muestra desesperada a los pequeñuelos. Fortea hosco imponente con la llama del dolor en los ojos resiste en silencio la horrible lucha interior que despedaza su corazón; aparta suavemente a los suyos, les arenga y les señala de nuevo los puestos de combate. Es necesario esperar, luchar, luchar más…
Atónitos comunican los indígenas a sus jefes lo que han visto y éstos, creyendo debilitado el tesón del padre por el llanto de los hijos, que se oye desde la plaza, destacan un sargento con bandera blanca, como parlamentario. En vano ruega el emisario al español que se rinda, diciéndole que los soldados indígenas no tienen queja de su mando, que será respetado y que se le ofrece una capitulación honrosa para él, para su familia y para todos los españoles residentes en las islas Batanes.
Fortea, asomado a la ventana, acalla las súplicas de su esposa y contesta al mensajero:

- “Sargento; agradezco sus intenciones. No puedo escuchar la voz de los rebeldes. Mi deber me lo impide “– Insiste el emisario en su demanda y la voz enérgica de Fortea le hace retirarse.

La llegada imprevista de un vapor apresado por los revolucionarios engrosa con fuerzas tagalas bien armadas las huestes de los sitiadores. El contratiempo es terrible, pero el indomable aragonés no cede. La lucha se reanuda. Al enemigo le irrita la brava tenacidad de aquel viejo soldado que consideran loco. Desean ocupar inmediatamente la fantástica fortaleza, pero la empresa no es fácil mientras el pecho del héroe aliente.
Furiosas atacan todas las fuerzas revolucionarias acribillando la casa a balazos, honrando cien veces la bandera que ondea en lo alto. La música metálica de las balas hiende, rasga y abrasa los aires.

El instinto de conservación y la fuerza alentadora de su padre transforma en el interior de la casa a aquellos niños-soldados en cautos y serenos defensores que procuran aprovechar los tiros. Su madre les besa y les anima. Fortea dispara su fusil desde los puntos más vulnerables. Las fuerzas tagalas bien disciplinadas van cerrando el cerco haciendo el fuego por descargas, dispuestas a no cejar en la acometida, a tomar la casa gobierno por asalto en aquella misma noche del 18 de septiembre.

¡Trágica y memorable noche! El fragor del combate enloquece a los sitiados; entre besos y lágrimas disparan sus armas, pero las fuerzas, al fin decaen, los brazos desobedecen y aquellos niños heroicos se rinden en el regazo de su madre desolada. Las niñas rezan llenas de terror, pidiendo a gritos a su padre que no las abandone. Pero él, el viejo león, no oye nada; ya no se oculta, ya no se resguarda; dispuesto serenamente al sacrificio, con el solo deseo de salvar la vida de aquellos pedazos de su corazón, quiere entregar la suya cuanto antes. Con augusta abnegación de mártir, va en busca de la muerte, única liberación con honor. Dispara sin cesar desde las ventanas sobre el enemigo que se llega audazmente hasta las puertas del fuerte. Una bala le alcanza en el pecho pero sigue haciendo fuego y cuando su esposa horrorizaba, loca, trata de abrazarse a él, frente a una lluvia de plomo. Fortea la rechaza y entonces otra bala perfora mortalmente aquel pecho poderoso.
Un grito de angustia anuncia a los sitiadores que el león ha caído. La familia le arrastra hacía el centro de la estancia mas resguardada. ¡Momento pavoroso, momento cruel en que todo calla y los corazones sangran! De pronto una explosión de noble anhelo de venganza impulsa a los hijos a disparar rabiosos sus armas. Su madre les acaudilla trasfigurada.

- “¡No quitéis la bandera! “ — les grita Fortea agonizante— “¡Mirad si están bien cargados de fusiles“!

– “¡No quitéis la bandera!-“repite entre estertores al entrar su espíritu glorioso en la Eternidad a las tres de la madrugada, entre el estruendo del combate, reanudado con mayor furia….
La ideal compañera recoge de los labios del héroe el último suspiro y con él su temple indomable.
Al nacer el nuevo día los sitiadores rendidos apagan sus fuegos pero los defensores ocupan sus puestos y la bandera continua enhiesta en lo alto de la casa. El panteón del héroe quedaba custodiado por la heroína, la brava castellana Dª Ascensión García San Martín, viuda de Fortea.
Cuando después de algunas horas esta valerosa mujer, falta ya de municiones, agotadas las fuerzas físicas, aceptó las proposiciones de honrosa capitulación ofrecidas por un parlamentario, los revolucionarios penetraron silenciosos y emocionados en la casa del gobierno. Al poner el jefe filipino su planta en ella, atónito dudaba de lo que veían sus ojos: una mujer y siete niños rodeando armados el cadáver de su capitán. Con generoso impulso dispuso allí mismo que se procediese al entierro de Fortea con todos los honores militares y que no se arriase la bandera española mientras el cuerpo no recibiera sepultura. “Como prueba de admiracion a un “hecho de tanta bravura,