miércoles, 29 de octubre de 2014

UNO DE TANTOS

EL PASADO MES DE OCTUBRE SE CELEBRO UN CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE EL SETENTA ANIVERSARIO DE LA DIVISIÓN AZUL. A EL ASISTIERON IMPORTANTES PERSONALIDADES DEL MUNDO INTELECTUAL Y MILITAR ESPAÑOL, ASÍ COMO PERSONALIDADES ACADÉMICAS NORTEAMERICANAS Y DE LA EXTINTA UNIÓN SOVIÉTICA. DE EL NOS HEMOS PERMITIDO ENTRESACAR UNA DE LAS COMUNICACIONES QUE SE LEYERON:





HISTORIA DE UNO DE TANTOS:


Buenos tardes:
            Mi nombre es Manuel Maqueda, hijo orgulloso de la historia del voluntario Fernando Maqueda Valbuena, Voluntario de la primera hora, enrolado en las filas de la division a raiz de aquella famosa frase de “RUSIA ES CULPABLE”
            Hablo en nombre de mi padre hoy dia un anciano cuya salud le impide venir aquí a contaroslo en persona, tambien hablo en el nombre de muchisimos divisionarios anonimos, que he conocido a lo largo de mi vida.
Divisionarios que al acabar la guerra regresaron a sus quehaceres civiles, sin reclamar prevenda alguna por su paso en la division.
Estos divisionarios ven hoy dia , los pocos que quedan entre nosotros, enturviada la realidad del porque fueron a luchar a tierras lejanas contra la bestia roja, en su propia guarida.
Ven como la verdad, su verdad, es sacrificada en aras de la correccion politica, incluso algunos descendientes de ellos se permiten el atrevimiento de protituir su memoria, falsificandola miserablemente, tan solo para recibir algunas monedas del actual staff de manipuladores historicos. Sostenidos , no por sus meritos, si no, mas bien         por su servidumbre a politicos sin escrupulos.


En defensa de la memoria de mi padre y la de la mayoria de los voluntarios, es por lo que cuento su historia. Historia que no es producto de la imaginación, si no de la memoria, memoria que ademas esta perfectamente documentada y por lo tanto es verificable .
Sin mas paso a dar la palabra a este divisionario que en realidad cuenta su historia pero podria ser la de cualquier otro divisionario

Fernando Maqueda
Nací  en Badajoz el 28 de agosto de 1920. Soy hijo de Daniel Maqueda, un ingeniero agrónomo y de María Valbuena, ama de casa. La guerra me sorprendió en Madrid cuando estudiaba el bachillerato en el Instituto San Isidro, uno de los más antiguos de España, si no el que más. Al ser mi padre ingeniero, y católico, la seguridad familiar empezó a estar amenazada. El peligro y el acoso de las milicias rojas aumentaban día a día. Los registros y vigilancias eran constantes y por ello mis padres decidieron huir a Barcelona donde pasaríamos desapercibidos. Allí mi padre tenía algunos amigos. Una vez en Barcelona mi padre me matriculo en el instituto lo que me hizo visible a la administración, ninguno pensabamos que eso podria tener consecuencias negativas para mi, sin embargo las cosas marchaban mal en la zona roja y pronto la republica echo mano de los niños para defenderla, eso hizo que  los rojos me movilizaron por mi edad  en la famosa quinta del biberón., del 41- mientras la cosa se redujo a la instrucción y a labores de retaguardia soporte el estar en un ejercito que evidentemente no era el mio,

Recien acabada la guerra civil

Y menos después de ver escenas en la retaguardia que manchaban todo aquello en lo que yo habia sido educado y que atacaban frontalmente mis creencias, no ya religiosas , si no simplemente humanas. en mayo de 1938. Me enviaron al frente a una unidad que entró en fuego al comienzo de la batalla del Ebro. Cruzamos el río y traté de aprovechar algún descuido para pasarme al bando nacional pero no lo conseguí; era muy peligroso. La oportunidad tardó en llegar pero al final lo logré el 5 de enero de 1939 cuando mi batallón guarnecía un pueblo en el frente de Artesa de Segre, en Lérida. El pueblo se llamaba Tudela de Segre. Los nacionales habían comenzado su ofensiva para la liberación de Cataluña y empujaban fuerte hacia el Este. Por la parte de Artesa de Segre comenzó la preparación artillera nacional y entre las fuerzas rojas la moral y la tensión en la vigilancia decrecían. Al amanecer se corrió el bombardeo hacia nuestro sector y aproveché la oportunidad para cruzar la tierra de nadie hacia zona nacional. No fui el único. Nos llevaron a los pasados y a prisioneros republicanos en un campo de concentración en León. Allí estuve unos 15 días, el tiempo necesario para que se aclarasen mis antecedentes. En mi caso no fue difícil porque tenía a dos hermanos combatiendo a las órdenes del Caudillo. Tras otra breve estancia en un campamento de Milicias nacionales, precisamente en Valladolid, en Olmedo, me incorporé a una bandera de Falange de mi tierra, concretamente a la 3ª Bandera de F.E.T. y de las J.O.N.S. de Badajoz. Fue justo a tiempo para participar en marzo de 1939, como reserva, en las roturas de los frentes de Córdoba y Granada. Estando en esta provincia llegó el final de la guerra. Aquel mes con los nacionales me supo a poco ya que mi familia sufrió muchísimo durante la guerra. Varios miembros de mi familia fueron asesinados de forma horrible.
Continué movilizado en esta 3ª Bandera –luego se reconvirtió en un Regimiento de Infantería, el Oviedo nº 8- a la vez que preparaba el examen de ingreso para Derecho en la Universidad Central de Madrid, a donde había regresado mi familia. Opté por Derecho cuando en realidad lo que a mi me gustaba era el tema de los números, pero en aquel entonces no existía la carrera de Económicas. Allí, en la Facultad, me afilié al SEU y, como era bastante bueno en deportes, acabé siendo el delegado de la Facultad en esa materia. Por aquellos años conocí a Manuel Fraga Iribarne; recuerdo que quería hacer todo de la misma forma que habla, es decir a la carrera. Precisamente, cuando se entrevistó conmigo quería apuntarse a carreras de obstáculos; yo le dije que lo primero era aprender a correr y luego podría saltar en condiciones. Este Manuel era muy cabezón y se empeñó en que no, que él quería empezar desde arriba, al final pasó lo previsible; acabó con una pierna rota y sin correr.

Realizando estas labores, centrado en mis estudios y en mis deportes, llegó aquel verano del 41 cuando los alemanes invadieron la URSS. No me lo pensé ni un minuto, recuerdo que ni los libros recogí, se formó un gran tumulto en el hall de la facultad y salimos en manifestación hacia la calle Alcalá. A medida que avanzábamos se sumaba mas gente hasta ser una manifestación multitudinaria. Cuando llegamos frente a la Secretaría del Movimiento Serrano Suñer nos arengó en la lucha contra el comunismo; la verdad es que no hizo falta, pocos eran los que no tenían cuentas pendientes contra los comunistas. A los pocos días se habilitaron los banderines de enganche, yo tuve suerte ya que fui de los primeros en acudir junto a mis camaradas del SEU, por lo que pude ir en las listas sin problemas. A las pocas horas el cupo previsto se cubrió y a más de uno le tocó viajar a provincias para intentar alistarse, eso o recurrir al socorrido enchufe para conseguir un hueco. Por tanto soy de la primerísima hornada de la División Azul.

Hospital de koniesberg

Koniesberg

Se han dicho muchas necedades sobre los voluntarios de la division azul, por ejemplo que eramos nazis. Ó que fuimos obligado; no me he planteado nunca conflicto alguno por haber luchado en la Wehrmacht, no hice la campaña rusa en defensa del nazismo, fui en defensa de Europa contra el comunismo. Dejé mis estudios sólo por este motivo. Hoy día la gente joven, no entiende lo que fue aquello, no se leen mas que tonterías. En aquel entonces aquel suceso fue como un chispazo que hizo que toda la juventud de España quedara electrizada, todo el mundo quería alistarse, fue como si todos a una le hubiéramos declarado la guerra al comunismo soviético. Los horrores de esta gente estaban demasiado frescos en la memoria de todos, además habían salido a la luz episodios espeluznantes de los comunistas durante nuestra guerra. España entonces era pobre, nos faltaba de todo menos “corazón y pelotas” como decía por aquel entonces [José Antonio] Girón de Velasco.

Salimos de Argüelles, no recuerdo el nombre del cuartel y fuimos a embarcar en los trenes que nos llevarían al frente. Radio macuto [la rumorología militar] echaba humo, todos teníamos prisa porque según los macutazos la guerra estaba a punto de acabar y no llegaríamos a tiempo de intervenir. Eso para nosotros era desesperante; constituía un deshonor no poder estar en el campo de batalla. Gracias a Radio macuto, ya se sabe, todo noticias y ninguna fiable, nos veíamos arrasando a los soviets montados en esos tanques enormes que salían en los noticiarios y en la prensa; qué chasco nos llevamos después al ver que nuestros tanques tenían cuatro patas y rabo.


Convaleciente, Koniesberg

En Grafenwöhr me destinaron como fusilero a la 1ª/269º. Al llegar al frente la animación empezó rápidamente. Mi compañía operó en la <<Cabeza de Puente>> que formamos los españoles al otro lado del río Volchov. Yo era cabo de Infantería pero tuve que hacer las funciones de sargento porque rapidamente nos quedamos sin mandos . Los rusos no eran los rojos españoles del final de nuestra guerra. La cosa pronto se puso fea; cuantos más rusos tumbábamos más rusos salían de los bosques, aquello parecía no tener fin. A pesar de lo feo que estaba el asunto gozábamos de un excelente sentido del humor y en los escasos días que los ruskis nos dejaban tranquilos aprovechábamos para hacer escapaditas a los pueblos cercanos. Aquella población nos tenía cautivados, era increíble lo pobres que eran y sin embargo se sumaban a nuestros saraos y siempre aparecían con algunas patatas o algo para cambiar. La verdad es que aprendimos más de ellos a protegernos del frío que lo que decían los instructores y oficiales nuestros. Me atizaron pronto, cinco días después de ganar la Cruz de Hierro. Fue en Possad, el 15 de noviembre del 41. Un balazo ruso me atravesó el hombro izquierdo y me salio por el brazo; creo que fue desde una ventana, no sé, cuando estás en mitad del fregado no te enteras muy bien. Al final, aquel insoportable frío me salvó la vida, estábamos tan rodeados por el enemigo que no nos podían evacuar de inmediato. Había que esperar a que se reuniera una expedición de heridos y escolta para las ambulancias. El frío hizo que tanto el agujero de entrada como el de salida se congelaran por lo que pude aguantar hasta ser evacuado sin tener infección en las heridas. Aquellos días perdí un montón de buenos camaradas pero cuando se lucha por un ideal la muerte no es el final, yo tan solo he ganado unos años más, hoy día ya me falta poco para reunirme con ellos y volver otra vez en busca de panienkas. Me enviaron al Hospital de Campaña y de allí a Königsberg. Aquí primero estuve en un hospital alemán aunque pronto abrieron uno exclusivo para la División Azul. Allí trataban de curarnos pero tampoco es que nosotros se lo facilitásemos a los médicos. Formamos una cuadrilla de heridos y nos escapábamos del hospital a disfrutar de la ciudad. El oficial medico se cabreó bastante la primera vez que nos pillaron, la segunda nos amenazó y a la tercera nos devolvió al frente sin terminar de curarnos. Esto nos dio otro motivo de juerga, ya que nuestra pinta -llenos de vendajes- espantó a los alemanes. Se hacían de cruces al vernos medio convalecientes camino del frente, pero claro, ellos no sabían el motivo de tan apresurada devolución.


Koenisberg

Mis peores enemigos fueron el barro y el frío. Lo cierto es que cuando empezaba a helar los españoles lo agradecíamos. No pasábamos tanto frío y penalidades como en el tiempo en que el asqueroso agua-nieve lo cubría todo. En el otoño o primavera, en cuanto subía la temperatura, aparecía esta rasputiza [barro] que era desmoralizadora. Pero claro, una cosa es estar de 0 a -10º y otra es a partir de -20º, cuando lo más sencillo, como hacer tus necesidades, se convierte en una odisea. Horrible y muy complicado era realizar cualquier operación de mantenimiento de armas, ya que si lo hacías con manoplas, no había forma de acertar con las piezas ni los utensilios, y si lo hacías sin manoplas era dolorosísimo tocar cualquier cosa metálica. En cambio, con la alimentación no sufría tanto como otros compañeros. Nunca he sido persona de mucho comer y me bastaba con el rancho que nos daban sin perjuicio de que, dada mi afición a las escapadas hacia retaguardia, completase la comida con productos de la tierra que conseguíamos mediante el trueque: leche por tabaco y caramelos; dos pollos por calcetines o un jersey militar. La ropa para el mercadeo la conseguíamos de las formas más inverosímiles; éramos el terror de la intendencia, ningún depósito estaba a salvo cuando rondábamos cerca. Y también hacíamos uso de restos del uniforme de los heridos que evacuaban hacia retaguardia. Lo hacíamos porque si volvían al frente la intendencia les proporcionaba ropa nueva y, si no volvían, pues todos tranquilos. El dinero y las cosas personales, cartas, etc., claro está, se las entregábamos al sargento para que lo enviasen a España a la familia, pero su ropa nos la repartíamos. No estábamos para devolverla a la intendencia y para nosotros resultaba muy útil.

Paris, a la vuelta

            Esto es lo que quiero contar de mi estancia en la División Azul. No estoy para recuerdos. Mi cabeza está fallando y los momentos de lucidez son cada vez más escasos. Me condecoraron con varias Medallas, entre otras con la Cruz de Hierro, 2ª Clase, con la Medalla de Sufrimientos por la Patria y con el Distintivo de Herido alemán, una placa negra. Fui uno más de entre los voluntarios. Tengo derecho a recibir el pago de dos pensiones, una del ejercito alemán y otra del español, pero nunca las he reclamado; a Rusia no fuimos a ganar dinero, si no a librar al mundo del comunismo. Me hubiera parecido inmoral el reclamarlas.

                                           


camino a España

Al volver a España, después de tanta guerra, continué con mis estudios interrumpidos y acabé mi carrera en la Universidad Central [la Complutense] de Madrid. Recuerdo un incidente, para mi bastante gracioso. Un día, en casa de mis padres, se presentó en mi busca una pareja de números de la Guardia Civil ya que figuraba como prófugo en los archivos militares. Les recibí en pijama por lo que les pregunté a los guardias si no les molestaba que me cambiara y ellos amablemente accedieron. Cuando volví a salir, a los pobres por poco no se les cae el fusil al suelo; como de un tema militar se trataba salí vestido de militar, con todas mis condecoraciones por supuesto. Los pobres no sabían que hacer, se excusaron y decidieron no llevarme ya que tenía mayor rango que ellos; aun así les acompañé y la cosa fue divertidísima porque hasta que no se arreglaron los correspondientes papeles, resulto que yo era un recluta “Cabo” al que los instructores debían de saludar cada vez que se cruzaban conmigo. El Capitán de la Compañía, lógicamente, decidió darme permiso indefinido hasta que se arreglaron los papeles porque, según él, “así no hay quien instruya a los reclutas”. No acabo aquí mi vida militar ya que entre tanto hice la IPS [Instrucción Premiliar Superior] primero como sargento de complemento y después como alférez de complemento, licenciándome como tal en septiembre de 1946. Se dice pronto, desde que me movilizó la República hasta que me licencié como alférez de la IPS en septiembre de 1946 –cuando estaba destinado en el Regimiento de Infantería Tarragona nº 43 de guarnición en Pontevedra- he tenido 8 años de vida militar.

volviendo al frente

Pude entrar a trabajar en la empresa Huarte y Cía., que fue una de las contratistas de las obras del Valle de los Caídos. Casi todo lo que se cuenta hoy día sobre la construcción del Valle es mentira. Allí no hubo decenas de miles de obreros esclavos, yo por mi trabajo tuve acceso a las plantillas y en total los obreros del Valle fueron unos cinco mil y eso durante los varios años que tardó en construirse. Es más, los presos eran minoría y dentro de ellos la mayoría eran presos comunes siendo unos pocos centenares los políticos. La gente piensa en las películas de las construcciones de las pirámides, eso está muy alejado de la realidad, lo que allí hacía falta eran especialistas, la maquinaria que empleábamos era puntera en aquel entonces y necesitaba de gente cualificada y no de mano de obra sin especialización. Una de mis misiones fue la de viajar por España para contratar obreros especializados para las obras del Valle. En los primeros tiempos me consta que hubo penados de la República y delincuentes comunes que redimieron pena trabajando. Pero nadie piense en campos de concentración; se construyó un poblado con escuela, casa de socorro y todos los servicios que compartían tanto obreros libres como penados. Todos ellos cobraban un salario que estaba por encima de lo que se pagaba en el resto de España. Alguno de los presos, una vez libres, se quedaron a trabajar en el Valle. Se han dicho muchas falsedades sobre este magnífico Monumento a la reconciliación de todos los españoles. Murieron sólo 14 obreros en su construcción, y lo más bonito es que bajo esa gran Cruz de Cuelgamuros hay enterrados 35.000 españoles de ambos bandos; los monjes rezan por ellos. Es hermoso que juntos reposen los que un día se enfrentaron en los campos de batalla.

San Sebastian, bien rodeado

Soy admirador del Caudillo, de la guerra que ganó contra la anarquía y el caos de la Revolución; de la obra de su régimen y del desarrollo que trajo a España. Pero la verdad es que nunca me ha interesado la política en especial. En la universidad estuve en el SEU como encargado de deportes, pero era debido a que me gustaba el deporte más que hacer ningún tipo de política. Acabada la carrera abandoné el SEU y cualquier actividad política. Nunca perdí el contacto con la División, siempre pagué mi cuota en la Hermandad de excombatientes, aunque reconozco que pocas veces hacía acto de presencia salvo con dos amigos y camaradas; uno de ellos el entrañable Guillermo Ruíz Gijón. Él era de otra unidad, de Esquiadores, pero hicimos gran amistad y esporádicamente me llevó a la sede de la Hermandad de veteranos. La verdad es que, una vez casado, me dediqué al trabajo y a la familia. He leído, eso sí, algunos libros sobre la División Azul; mis favoritos son los de Tomas Salvador, Fernando Vadillo y “Embajador en el infierno” de Luca de Tena. Acabé mi vida laboral en una filial de Huarte, en una constructora hispano-belga que fue la que desarrolló urbanísticamente la Manga del Mar Menor, en Murcia.
Alferez de complemento
En 1956 contraje matrimonio con Concepción Lorenzo Lara. Persona a la que desde aquel año uní mi destino. Ella, durante la guerra permaneció en Madrid y también fue acosada por el terror rojo ya que su padre, don Vicente, era médico y eso le hacía sospechoso de faccioso. Cierto es que los milicianos no andaban descaminados porque este médico ejemplar, que gozaba de una buena casa en la calle Relatores, se dedicó a salvar vidas durante la guerra. La fórmula era sencilla, la casa daba la vuelta sobre si misma teniendo dos puertas y Don Vicente partió la casa en dos dejando una habitación secreta en el medio. Cuando los milicianos registraban la casa nunca encontraban a ningún refugiado en ella, por más que la malnacida de la portera se chivara una y otra vez. Llegaron incluso a tenderle trampas mandando falsos refugiados de parte de la quinta columna, pero Don Vicente, muy avispado, jamás cayó en la trampa. No acogía a nadie si no venía de sus contactos, él los denunciaba, con el resultado de que siempre eran milicianos, de esta forma aunque siempre bajo sospecha burló una muerte segura.
verano, 1942
No tuvieron la misma suerte algunos familiares de mi mujer, ni tampoco su ayudante un joven de 16 años que fue quemado vivo, por pertenecer a la falange, la lista de asesinatos cometidos en aquellos años por los comunistas es interminable y difícilmente imaginable para los que no vivieron aquellos horrores.

 Concepción y yo hemos tenido cuatro hijos varones. Uno de ellos militar y el resto militaron en la Falange de los años de la Transición. Tengo  cinco nietos y mi vida está llegando a su término. Tengo principio de alzheimer y me cuesta ya recordar algunas cosas pero con 91 años bastante bien estoy.
El dia que me toque rendir cuentas con el altisimo, se que una de mis mejores bazas para entrar en el cielo, sera precisamente mi paso por la division azul.


Desfilando ante el ministro


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